Logo Portal Odontólogos
Sección Odontólogos

Psicología y Odontología

Publicado el: 03 de Diciembre de 2015

 

¿POR QUÉ LA ORTODONCIA PUEDE NECESITAR DE LA PSICOLOGÍA?

 

La Ortodoncia es la ciencia encargada de corregir problemas en las relaciones dentarias y/o esqueléticas de niños y adultos. Para dicho fin, la Ortodoncia necesita de aparatologías transmisoras de fuerzas sobre dientes y/o huesos. En ocasiones se recurre también a reeducaciones neuromusculares para eliminación de hábitos nocivos, mediante diversas técnicas con o sin presencia de aparatologías. El paciente será el portador de dichas aparatologías o el receptor de tales técnicas reeducadoras. Esto le convierte en elemento clave, ya que podrá influir en una enorme cuantía sobre el resultado final del tratamiento aportando o no su colaboración.

 

El profesional ortodóncico tiene como objetivo el éxito del tratamiento. Conseguir dicho éxito es mucho más probable cuando se cuenta con el compromiso del paciente. Ello depende en numerosas ocasiones de aspectos como la motivación, que puede generar mejor compromiso, la educación y la enseñanza de las variables médicas de su problema (etiología, diagnóstico, pronóstico, etc.). Sin embargo, es habitual que al profesional le cueste analizar y entender al paciente y, por tanto, se dificulta la posibilidad de estimularlo y motivarlo. La Psicología puede tender un sólido puente entre paciente y profesional, optimizando la comunicación y entendimiento para obtener una sinergia entre ambos como resultado, con las buenas consecuencias que esto puede acarrear. ¿Qué problemas relacionales suelen darse entre paciente y profesional?

El paciente ortodóncico puede ser tratado desde los 5-6 años y no existe límite de edad. A continuación haremos una clasificación de pacientes por edades (clasificación de la Organización Mundial de la Salud) y los problemas que suelen darse.

 

 

Paciente pediátrico

 

Dentro del paciente pediátrico nos encontramos con dos tipologías dependiendo del tramo de edad.

 

De 6 a 10 años de edad

El paciente es inconsciente de la necesidad o conveniencia de recibir tratamiento, por tanto, es importante mostrarle el tratamiento como algo ameno y divertido. Por otro lado, suelen ser inconstantes y no están acostumbrados a asumir la responsabilidad de mantener unos hábitos propios de tratamientos para la salud (por ejemplo, toma de medicamentos) que hasta ese momento han sido llevados por los padres y seguramente va a seguir siendo así. En esta fase es crucial la influencia indirecta de los padres o tutores que serán la prolongación del cuidado y atención del profesional fuera de la consulta y, por ello, nuestro objetivo será conseguir su responsable aplicación/ implicación en el tratamiento. En ese sentido, habría que trabajar en dos caminos paralelos:

 

– Primero, motivar al niño procurando que sea consciente de los beneficios a medio plazo del tratamiento implantado por encima de los inconvenientes que tiene el mismo (constancia, responsabilidad, sacrificio, etc.). Esto es algo complicado por la ausencia de madurez a estas edades que hace que sea costoso el razonamiento por parte de los padres y el ortodoncista con ellos (12).

 

Desde el punto de vista psicológico estas situaciones son ocasiones generadas para ir creando un sistema comunicacional con el hijo basado en el razonamiento y la empatía mutua que ha de ser desarrollado puesto que nadie nace con ello. Para ello, es muy importante el «pacto» con el niño para que éste no perciba un trato dictatorial por parte de los padres. Los adultos han de ceder y llegar a un acuerdo explícito que suponga un refuerzo con el hijo, de tal modo que ambas partes queden contentas.

 

– Segundo, involucrar a los padres en la supervisión del cuidado dental u oral de los hijos (10). Evidentemente no nos referimos sólo a un tratamiento ortodóncico, sino también a la educación en cuanto a la higiene oral de los hijos. En ese sentido los padres han de asumir un rol ingrato que supone la vigilancia y supervisión de lo establecido en el «pacto» que mencionábamos anteriormente. Decimos ingrato, porque a pesar del «pacto» y del razonamiento, lo más probable es que el cumplimiento sea escaso por parte del niño. En ese sentido, el ortodoncista ha de prevenir al padre de lo probable de esa situación y motivarle para que no desista, haciéndole ver que es una carrera de fondo y que lo importante es la insistencia. Por parte del padre no debe existir un castigo ante el incumplimiento del «pacto» sino expresar el desacuerdo ante el incumplimiento y, sin embargo, sí felicitar y reforzar (no materialmente) el cumplimiento de lo pactado.

 

En este sentido, la satisfacción de los padres con la calidad del tratamiento que sus hijos reciben es fundamental. Cuanto mejor sea la percepción por parte de los padres de la atención que sus hijos están recibiendo en términos cualitativos, mejor será la implicación por su parte para el cuidado y supervisión del tratamiento y la higiene oral en general (1).

 

 

 

De 10-13 años de edad

 

El paciente puede llegar a ser consciente, pero su colaboración suele ser difícil. Pueden sentirse avergonzados por la imagen que les da la aparatología, por lo que es importante apoyar su autoestima e independizarla de la imagen inmediata. No suelen ser cuidadosos con la misma, dado que no ven resultados a corto plazo y a esas edades la mayoría suelen ser impacientes y aún guardan resquicios de esa falta de responsabilidad que se comentaba en el punto anterior. Suelen no hacer caso de las recomendaciones sobre cuidado de los aparatos, higiene, etc. En esta franja de edad nos encontramos con los mismos problemas descritos en las edades comprendidas entre los 6 y los 10 años, pero con el matiz de que la importancia que la autoimagen y la percepción de atractivo físico va adquiriendo empieza a ser considerable. En este último aspecto haremos las consideraciones necesarias en la siguiente franja de edad, donde la autoestima y la percepción propia son básicas para la adhesión al tratamiento.

 

Puede llegar incluso a ser mayor la percepción de pérdida de atractivo por el tratamiento ortodóncico que por la patología sufrida, por ejemplo, una maloclusión. Además en este trabajo, Phillips y Bean demuestran que la autoestima tiene mayor implicación que la propia maloclusión o problema dentofacial en sí, a la hora de autoclasificarse, de considerarse a sí mismo. Llevando esto a la práctica, cabe esperar mayor satisfacción con el resultado del tratamiento por parte de pacientes con mejor autoestima y peor por parte de pacientes con peor autoestima.

 

 

PACIENTE ADULTO

 

En el paciente adulto, igualmente nos encontramos con varias tipologías dependiendo del tramo de edad.

 

De 13-18 años de edad

 

La adolescencia es uno de los momentos más fructíferos en el tratamiento ortodóncico, en cuanto al aspecto fisiológico del mismo. El paciente es consciente, pero suele ser rebelde y tiende al rechazo. Su colaboración es variable, pero generalmente mala. En estas edades entramos de lleno en el problema de la imagen que genera la aparatología en el paciente. La percepción de que el atractivo físico se ve deteriorado por la Ortodoncia es algo conocido por todos. Pero es cierto que el paciente sobredimensiona este aspecto y tiende a pensar que es aún peor de lo que en realidad es. La realidad es que no ha de suponer un inconveniente añadido a la autoimagen de nadie. Pero a estas edades se puede llegar a vivir como un hecho pseudotraumático. A pesar de lo habitual que es ver a chicos o chicas de estas edades con aparatología ortodóncica, el prejuicio que genera sigue estando extendido. Por esta razón el ortodoncista ha de procurar evitar la dramatización por parte del paciente, haciéndole ver que su imagen no se deteriora tanto como él cree y hacer que se centren en los beneficios tanto estéticos como funcionales que el paciente logrará una vez finalizado el tratamiento, sobre todo si se hace como es debido. Según Anderson y col, cuanto más visualicen el resultado post-tratamiento, vean las diferencias y se motiven con ello, mejores serán las percepciones de satisfacción una vez terminado el tratamiento, tanto de los pacientes como de los padres o tutores.

 

 

De 19-25 años de edad

 

El paciente es consciente. Sin duda su mayor problema es el derivado de la imagen que los demás puedan percibir de él. Suele ser colaborador pero nos limita mucho a la hora de usar diferentes aparatologías. Toman conciencia de la importancia de que no se obtendrán resultados a corto plazo y, seguramente, son también conscientes del esfuerzo económico que se requiere, en definitiva, son maduros. A partir de aquí van desapareciendo las limitaciones propias de la falta de madurez, pero las estéticas cobran fuerza. En ese sentido volvemos a insistir en la importancia de hacer que se centren en los beneficios derivados del tratamiento.

 

 

De 25-40 años

 

El paciente es consciente y altamente colaborador. Impone fuertes limitaciones según la aparatología a usar (por motivos estéticos de nuevo). Saber empatizar con ellos y proponerles una aparatología que se adapte a sus necesidades será básico para que su nivel de satisfacción con el trato y la atención recibida sea óptimo.

Teniendo en cuenta lo importante de esto para que su adhesión al tratamiento sea alta, el profesional debe tener en cuenta que puede ser preferible que el resultado no sea tan perfecto como él desea, sino que el paciente quede contento con los resultados. Para ello, el profesional debe exponer desde el principio los tratamientos posibles y los beneficios e inconvenientes de cada uno de ellos, respetando la libertad de elección del paciente, convirtiéndose, por tanto, en un mero consejero (empático, no impositivo; ya que desde la empatía le resultará más sencillo convencer al paciente).

 

En esta franja de edad y, a veces, en la anterior es muy probable que nos encontremos con pacientes que son excesivamente demandantes. Suelen ser personas demasiado pendientes de su imagen, lo que les lleva a sufrir un exceso de preocupación e interés por todo lo relativo a su tratamiento y a la evolución del mismo. Esto puede ser problemático porque pueden llegar a entrometerse en la labor del ortodoncista mostrando cierta desconfianza o excesiva diligencia en cuanto a lo que quieren y cómo quieren que sea. En esos casos es muy importante que sea el ortodoncista quien lleve las riendas del tratamiento y todo lo relativo a él, mostrándose amable en todo momento, pero firme y contundente en sus respuestas y en ser quien decida sobre el tratamiento. No se puede ceder en exceso a esas demandas cuando resultan excesivas porque incentiva al paciente a seguir demandando y a la postre esto es perjudicial para ambos. El normalizar y hacer ver que las dudas que el paciente tiene son habituales y en todo caso forman parte de la correcta evolución del tratamiento y saber detener esa dinámica a tiempo puede ser muy valioso para el ortodoncista.

 

Tal y como reflejan Gutiérrez y Cruz, existe un tipo de pacientes denominados «Demandante» entre los cuales distingue varios tipos:

«Tipo III. Demandante: Perfección, Exigencia, Rapidez:

• La demanda es una petición para obtener lo que se desea en cualquier sentido, como por ejemplo: en calidad, precios, tiempo, atención, etc. Generalmente, las personas exigentes son las más demandantes, ya que no se conforman, no son mediocres y simplemente quieren que se les dé lo mejor.

• Este tipo de paciente es demasiado absorbente y, a veces, puede ser difícil de retener en tratamiento, ya que si no se le atiende como quiere, puede estar disconforme y abandonar el tratamiento en poco tiempo. Esta clasificación (demandante) se divide en cuatro:

 

a) Demandante-Exigente: Es un paciente que no deja pasar lo accesorio, porque todo lo toma como relevante, quiere las cosas a la perfección y, en algunas ocasiones, puede dejar de asistir a tratamiento si no le parece bien cómo se manejan las cosas.

 

b) Demandante-Contratiempo: Es un paciente muy ocupado, casi siempre tiene cosas que hacer y poco tiempo que dar a los demás, incluso a sí mismo. Querrá que no se tarde tanto con el procedimiento o tratamiento, ya que eso interfiere con sus múltiples actividades. Podrá llegar a reclamar la ausencia de resultados sin una razón justificable, ya que él mismo acorta o cambia la forma del tratamiento para no descuidar las otras cosas que hace, esto afecta mucho a los resultados y la paciencia del médico.

 

c) Demandante-Desquite: Es un paciente que desquita lo que paga, no le gusta sentir que da más de lo que recibe. Compara su mismo tratamiento con el de otras personas y si nota diferencias marcadas entre precios, calidad o atención, se lo hace notar inmediatamente al médico.

 

d) Demandante-Obsesivo: Es un paciente parecido al exigente, pero difiere en que es demasiado perfeccionista, pulcro, evita errores y quisiera que todo se hiciera con un orden estricto, con su orden.

 

En el tratamiento con este tipo de paciente, se debe procurar dar lo mejor de todo, hacerlo sentir satisfecho con lo que se le está haciendo, siempre resolver dudas y ser comprensivo y tolerante, haciéndole notar que no todo debe ser perfecto para ser correcto y que hay veces en las que el tiempo y la paciencia también llevan a resultados favorables, no todo tiene que ser rápido para ser efectivo…».

 

 

De 40 años en adelante

 

Es consciente. Impone limitaciones también, aunque es mucho más flexible y comprensivo. Suele cuestionarse en ocasiones si toma una decisión propia de su edad al iniciar el tratamiento de Ortodoncia. «Nunca es tarde para mejorar» debe ser el planteamiento por parte del profesional, además de exponerle las ventajas estéticas y funcionales derivadas del tratamiento. Hay que aprovechar la comprensión que muestran para razonar con ellos y concienciarles de lo mucho que pueden ganar con lo que les proponemos. Pero hay que saber llegar a ellos desde el respeto. «Si yo fuera usted…», «Yo creo que no hay duda de que…», pero «…la última palabra la tiene usted».

 

 

PACIENTES ESPECIALES

 

Quirúrgicos

 

En pacientes que van a enfrentarse a una intervención quirúrgica de cualquier tipo son importantes los siguientes puntos:

 

a) Normalizar el miedo y ansiedad que puedan sufrir antes de la intervención. Es lógico, por leve que sea la misma, que cualquier paciente sienta como mínimo cierta incertidumbre sobre la intervención. Hay que saber transmitirles lo lógico y habitual de sus sentimientos porque algunos ni siquiera lo querrán dejar ver, pero eso no quiere decir que no lo sientan. No deben sentirse «bichos raros» o cobardes por sentirse de esa manera.

 

b) Volvemos a encontrarnos con la importancia de la «Educación al paciente», es decir, explicarle de manera comprensiva y sencilla todos los pasos de la cirugía para que sepa perfectamente qué se le va a hacer, cómo y para qué. El profesional debe saber destilar mucha calma, tranquilidad y seguridad para que el paciente adquiera confianza en quien va a depositar su salud.

 

c) Salud: Ante un proceso quirúrgico hemos de saber hacer ver al paciente que lo que vamos a hacer no es sólo por estética sino, sobre todo, por su salud. Hay que hacerle ver las posibles consecuencias de no intervenir. No confundamos asustar con informar. Esto supone saber, desde el punto de vista profesional, relativizar determinados detalles y manifestar que la toma de decisiones siempre va a recaer en el propio paciente, pero que la labor del profesional es darle toda la información para que él pueda decidir con toda la libertad: «El saber os hará libres».

 

d) Desde el punto de vista del postoperatorio hay que saber motivarles. Hacerles ver que lo peor ya ha pasado es algo vital, pero que eso no quiere decir que ya se haya terminado; es decir, «todavía queda, ánimo, pero lo peor ya está hecho». Aquí volvemos a ver las técnicas mencionadas anteriormente cuando hablábamos de la adhesión al tratamiento.

 

La mejoría de la autoestima se ha demostrado que influye positivamente en las relaciones sociales, afectivas y de emparejamiento de estos pacientes, tal y como queda reflejado en el estudio de Jacobson. Es más, Williams y col cifran en un 24% la cantidad de pacientes que manifiestan una mejora significativa en su vida social tras la cirugía ortognática.

 

Concretamente estos autores establecen una relación directa con la sección o electrocoagulación del órgano vomeronasal implicado en la actividad ferohormonal. La evolución psicológica en los pacientes ortodóncicos no quirúrgicos es similar, aunque apreciamos que se dan algunas diferencias:

 

– Mejora al iniciar el tratamiento, ya que es una novedad.

– Empeora al acostumbrarse y ver los inconvenientes.

– Empeora mucho en la mitad del tratamiento, ya que se ve lejano el inicio, pero también el final. Además suele verse «desorden» dental y no suelen verse resultados estéticos.

– Va mejorando a medida que se ven resultados y cierto «orden». Pero hay cansancio.

– Mejora mucho cuando el fin está próximo. Hay mucho cansancio.

– En el final, queda más alta que antes del inicio del tratamiento.

 

 

RETRATAMIENTOS

 

El saber ganar a un paciente que viene de otro compañero profesional puede ser un reto o «pan comido», un «paseíllo». Algunos vendrán deseando que les ofrezcamos algo nuevo y les expliquemos por qué el otro tratamiento con otro profesional no ha sido exitoso. Vienen con la esperanza intacta asumiendo que ha sido cuestión de mala suerte y que ahora, con otro profesional, puede ser la definitiva. En estos casos debemos evitar hablar mal de otros compañeros, pero sí saber explicar por qué puede haber fracasado el tratamiento anterior y cómo podemos solventar eso.

 

El paciente ha de ver que sabemos (algo que hay que saber demostrar sin ser pedante) y que sabemos explicárselo (no conviene que nos vea como un profesional inaccesible que nos habla de cosas que no entendemos) y saber ofrecerle una alternativa o un matiz distinto que pueda suponer la diferencia entre el éxito o el fracaso del tratamiento. Otros, sin embargo, acuden a nosotros muy desganados y sin apenas motivación para sacrificarse o esforzarse en lo que les planteemos. La esperanza está seriamente dañada, pero saben que no quieren dar por definitiva su situación oral, serán muy poco permisivos y estarán muy a la defensiva, en actitud cansada, desmotivada. En estos casos hay saber escucharles, que se desahoguen en lo que quieran decir y contar, saber entenderles haciéndoles ver que les entendemos en sus quejas y que tienen toda la razón; pero, también, ofrecerles larvadamente una explicación de nuestra opinión sobre los errores cometidos por el anterior profesional y una alternativa que les haga creer que se puede solucionar. Una vez expuesta la alternativa es muy importante que tengan un tiempo de reflexión y que asuman que si se embarcan en el proceso del tratamiento tiene que ser con todas las consecuencias y haciendo «borrón y cuenta nueva» respecto a tratamientos anteriores porque, si bien les entendemos, es injusto que nosotros paguemos las consecuencias del mal hacer de otro odontólogo.

 

 

 

 

Fuente: Gaceta dental

ETIQUETAS:
ESPECIALIDADES:

¿Tienes alguna Pregunta/Comentario?